Desde el primer día, toca suspensión para conmemorar el consabido Día del Trabajo, una lucha de clases que, en nuestro país, data de 1913 y quedó plasmada en el artículo 123 de la Constitución desde 1917. Hemos transitado de jornadas de 14 o 16 horas a las actuales 8; del trabajo sin descanso al derecho a un día obligatorio a la semana; de vacaciones inexistentes a vacaciones dignas pagadas; del salario estático al aumento anual del mínimo; de la indefensión laboral a la libertad de reunión, huelga, sindicato y contratos colectivos. A ello se suma la creación de todo un aparato especializado en temas laborales y las garantías de igualdad sustantiva: género, inclusión, entornos libres de violencia y, recientemente, la llamada Ley Silla y el derecho a la desconexión digital.
Y porque no hay quinto malo, el cinco de mayo las escuelas detienen de nuevo las labores para conmemorar un día que sólo se ha vuelto importante en Estados Unidos: la Batalla de Puebla. Esa histórica victoria en la que el Ejército Mexicano se cubrió de gloria ante las tropas francesas. Se vale festejar que —aunque pocos lo recuerdan— le ganamos a Napoleón III, más por asuntos europeos que por medir fuerzas con los imperialistas.
Apenas recuperados de las luchas, llegamos al Día de las Madres, el décimo día, y celebramos en grande, porque no hay nada más sagrado para el mexicano que el amor materno… aunque luego nos quejemos de que ahí se originan todos nuestros traumas. Dicen los que saben que, en nuestra patria, 3 de cada 10 hogares son sostenidos por la matriarca, moralmente obligada a combinar sola la responsabilidad financiera con la formativa; a lidiar con la falta de medicamentos para sus hijos con cáncer en hospitales públicos.
Diversas fuentes —oficiales y no oficiales— estiman que en México hay más de 120 mil personas desaparecidas, y que existen alrededor de 25 mil madres buscadoras, agrupadas en 234 colectivos. De ellas, 22 han sido asesinadas en su intento por recuperar lo que puedan de sus vástagos. El Gobierno Mexicano decidió no nombrarlas oficialmente “madres buscadoras”, optando por el término “defensoras de los derechos humanos”. Pero esas madres guerreras, que con palas y picos hurgan la tierra para encontrar cualquier vestigio de sus hijos, trabajan sin protección y lidian con un sistema burócrata abrumador. Arriesgan la vida por amor, porque el Estado no hace su trabajo.
Y sí: una madre encasillada en cualquiera de las muchas circunstancias que viven las mujeres —violencia intrafamiliar, vicaria, feminicidios, desigualdad laboral, precariedad económica— enfrenta día a día una violencia estructural injustificada. Por eso miles requieren atención psiquiátrica que no existe, y por eso también las generaciones jóvenes han optado por hacer a un lado la maternidad.
Y claro, porque mayo no da tregua: a mitad de mes llega otra celebración, el Día del Maestro. Una profesión cada vez más lejos de ser reconocida y más cerca de ser acusada. El profesor nos enseña, desde los primeros años, las herramientas esenciales para socializar: leer, escribir, sumar, restar, multiplicar, dividir… y con todo ello, a pensar, razonar, resolver problemas, entender la historia, el patrimonio y la cultura.
Pero qué ingratos somos los mexicanos. Por un lado, los maestros cargan con un escenario complejo: trámites interminables, recursos mínimos para ejercer y un agotamiento que ya es parte del sistema. A ello se añade la creciente violencia social y la falta de respeto de alumnos y padres de familia.
En este país, 4 de cada 10 maestros han sido víctimas de agresiones dentro de los planteles educativos: insultos, humillaciones, burlas y violencia física. Todo eso suele detonarse por malas calificaciones, llamados de atención o simples reportes de conducta. El impacto emocional —hoy etiquetado como burnout— avanza sin freno, mientras las medidas administrativas quedan rebasadas por los contextos de violencia armada y delictiva que rodean a los entornos escolares.
De ahí pasamos a la contraparte: el 23 de mayo, Día del Estudiante, una condición personal que se diluye entre la era digital y los nuevos descubrimientos neurológicos. TDAH, autismo, ansiedad, depresión, disociación y problemas de autoestima son cada vez más frecuentes en las aulas. No es que no existieran: es que no tenían nombre. Ahora que lo tienen, requieren particularidades que las autoridades escolares no están en condiciones de individualizar.
A ello se agregan las brechas de desigualdad, la falta de infraestructura adecuada y un alto índice de deserción, agravado por la escasez de recursos económicos y los factores sociales. Cerca de 6 millones de personas en edad escolar no asisten a la escuela, y alrededor de 600 mil estudiantes están en peligro inminente de abandonarla.
El estrés académico y el deterioro de la salud mental —promovidos por la falta de motivación, la inseguridad y el acoso escolar— se han convertido en un problema de seguridad social invisibilizado por las autoridades mexicanas.
Y para rematar, los egresados enfrentan un mercado laboral altamente competitivo, con salarios bajos, alta informalidad y sobrecalificación. Una tercera parte de los profesionistas tarda años en colocarse formalmente en algo acorde a su nivel de estudios.
Y del último día de mayo ya mejor ni hablamos: no logra nada. Ni ser inhábil, ni bajar las altas tasas de tabaquismo en México.