Dinero sin política
En Sinaloa, los partidos siguen siendo concesiones más que organizaciones. La actualización del IEES para 2026 lo confirma: 187 millones de pesos para financiar estructuras que ya no construyen ciudadanía, apenas administran membretes y reparten candidaturas. Morena se lleva la tajada grande (77 millones), luego PRI y PAN (22.8 y 22.5 millones), y el resto se reparte entre MC, PAS, PVEM y PT. Una bolsa generosa para un ecosistema que dejó de producir política real. La pregunta es elemental: ¿en qué se gasta ese dinero? Los partidos ya no forman cuadros, no capacitan, no producen pensamiento, no abren puerta social. El financiamiento terminó convertido en botín para los dueños de las franquicias y en viático para campañas que duran más que las propias ideologías. A cambio, cero mérito y cero exigencia: nadie rinde cuentas, nadie justifica impacto, nadie explica por qué un peso público debería seguir sosteniendo estructuras privadas sin función pública visible. La burla se vuelve más nítida cuando se contrasta con la realidad: municipios con carencias básicas, hospitales sin presupuesto, jubilados golpeando vallas en un Congreso que presume puertas abiertas, y un padrón electoral que sigue financiando partidos que no lo representan. Mucho dinero para muy poca política. La democracia cuesta. Pero que cueste no significa que tengamos que pagar por un teatro vacío. ¿Hasta cuándo financiaremos franquicias que ya no ofrecen producto?
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Visita Presidencial
La eventual visita de Claudia Sheinbaum a Sinaloa —hoy en condición tentativa para la primera semana de febrero— no es un trámite de agenda, sino un gesto de centralidad. La presencia de la presidenta en territorio sinaloense siempre carga significado político: define prioridades federales, calibra el vínculo con el gobierno estatal y ordena el tablero local. Si además la acompaña el Secretario García Harfuch, el mensaje se mueve a un plano estratégico: seguridad como tema principal y coordinación como narrativa. Para el gobernador, la visita es un activo político y personal. Activo, porque la interlocución directa en Palacio no se hereda: se construye. Y personal, porque Rubén Rocha ha sabido cultivar una relación de confianza con el nuevo mando nacional —una relación que se traduce en gestión, operación y lectura de futuro. Lo que en otros estados implica intermediarios, en Sinaloa se está procesando con verticalidad y sin ruido. Para el estado, la visita es un termómetro. No solo porque abre ventanillas de gestión y destraba decisiones presupuestales, sino porque coloca a Sinaloa en el mapa operativo del nuevo régimen. Y en política, estar en el mapa importa más que estar en la foto. En eso, Rocha Moya ha entendido el momento: menos estridencia, más coordinación. Si la visita se confirma el mensaje de fondo sería otro: Sinaloa está siendo leído desde la presidencia como un estado funcional y confiable, gobernado con estabilidad y con una transición que no amenaza al proyecto nacional. Ese tipo de señales valen más que los discursos.
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Brillar en el PRI es pecado
El PRI sinaloense no está atrapado en una disputa ideológica, sino en una disputa por control: quién puede crecer y quién debe quedarse quieto. Y en ese tablero, la regla es simple: brillar es pecado. Mientras la sucesión 2026 avanza, la dirigencia estatal opera en modo contención y el PRI nacional ya escogió ficha: Paloma Sánchez. Una senadora que es más conocida en el CEN que en Sinaloa, pero MUY CONOCIDA para Alejandro Moreno. No hay misterio: Alito la quiere de candidata y en el priismo moderno la lógica es fría —hasta perder una gubernatura puede ser negocio. Y no solo negocio político: una candidatura a ese nivel siempre deja beneficios económicos, acceso y negociación, aunque el marcador electoral termine en contra. Por eso se pelean, y por eso se van. El que asoma cabeza para disputar territorio, medios o presencia es visto como amenaza, no como activo. Y el mensaje hacia abajo es claro: no hay espacio para construir candidaturas que no estén definidas desde el centro. La paradoja es cruel para el tricolor: sin jugadores locales visibles no hay campaña real; sin campaña real no hay negociación; y sin negociación el partido se vuelve accesorio. Morena y el Verde ya juegan amarres territoriales; MC trata de crecer donde el PRI solía tener músculo; y el tricolor solo mira, se guarda y espera instrucciones. El dilema final es simple pero devastador: ¿querer figurar o querer seguir en el PRI? Porque sobrevivir sin competir prolonga la franquicia, pero acorta el proyecto político. Y en sucesión, quien no entra al juego deja de existir en el tablero.