Mazatlán en alerta
Mazatlán no puede acostumbrarse a vivir contando homicidios como si fueran parte del paisaje. En apenas unos días, el puerto ha acumulado asesinatos, un feminicidio, ataques con armas de fuego, hechos relacionados con explosivos y privaciones ilegales de la libertad. Son episodios que han dejado de ser aislados para convertirse en una cadena de violencia que lastima a las familias, golpea la actividad económica y pone en riesgo la imagen de uno de los principales destinos turísticos del país. Diversos reportes y balances difundidos durante los últimos días reflejan un repunte preocupante de estos hechos. Lo más preocupante es el riesgo de caer en la normalización. Cuando la noticia de un asesinato dura apenas unas horas antes de ser sustituida por otra, la sociedad corre el peligro de perder capacidad de indignación. Y eso sería una derrota todavía mayor que las cifras. Mazatlán necesita respaldo institucional, presencia efectiva de las autoridades y una estrategia de seguridad que vaya más allá de los comunicados. El puerto no debe enfrentar esta crisis en solitario. Su importancia para Sinaloa exige una respuesta coordinada de los tres órdenes de gobierno, con resultados medibles y visibles para la ciudadanía. Respaldar a Mazatlán no significa ocultar la realidad; significa reconocer la gravedad del problema y actuar antes de que la violencia siga avanzando. Porque cuando un municipio comienza a acostumbrarse al miedo, el siguiente paso es que toda la sociedad termine pagando las consecuencias.
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Diez días de silencio
¿Qué más tiene que pasar? Han pasado diez días desde el ataque armado contra un domicilio vinculado a GRUPO ADISCUSIÓN. Diez días en los que, además de denunciar los hechos, también hemos reportado llamadas y mensajes de intimidación y amenazas ante las autoridades locales y federales. Diez días en los que organizaciones nacionales e internacionales dedicadas a la defensa de la libertad de expresión han mostrado solidaridad, preocupación y disposición para apoyar. Ellas hacen lo que está en sus manos. Pero quienes tienen la obligación constitucional de investigar, proteger y garantizar justicia siguen sin ofrecer resultados. La pregunta es inevitable: ¿qué esperan las fiscalías? ¿Esperan que tengamos que lamentar el asesinato de otro periodista o de otro integrante de un medio de comunicación para actuar con la urgencia que este caso merece? Resulta inaceptable que, en muchas ocasiones, los propios afectados logremos reunir más información y más elementos que las instituciones encargadas de investigar. Esa no puede ser la normalidad en un Estado de derecho. La libertad de expresión no se protege con discursos ni con reuniones protocolarias. Se protege investigando, identificando responsables, previniendo nuevos ataques y enviando un mensaje claro de que quien atente contra un periodista o un medio enfrentará las consecuencias. Hoy ese mensaje sigue ausente. YA BASTA. No queremos homenajes póstumos, condenas públicas ni minutos de silencio. Queremos prevención, justicia y resultados. Ni un solo ataque más contra la prensa. Mucho menos una vida más que lamentar. Porque cuando el Estado llega después de la tragedia, ya llegó demasiado tarde.
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La verdad incompleta
Han pasado dos años del asesinato de Héctor Melesio Cuén Ojeda y, lejos de disiparse las dudas, cada aniversario parece acumular más preguntas que respuestas. La investigación sigue sin ofrecer un relato completo y convincente. La sociedad conoce fragmentos, versiones, filtraciones y declaraciones. Pero una verdad contada a medias nunca termina siendo una verdad completa. Hay interrogantes que siguen esperando respuesta. ¿Qué ocurrió realmente aquel día? ¿Por qué hubo versiones que después fueron desmentidas? ¿Quién tomó las decisiones que marcaron el rumbo de la investigación? ¿Qué falta para conocer toda la historia? El paso del tiempo no reduce la obligación de esclarecer un crimen; al contrario, la hace más urgente. La justicia no puede construirse sobre narrativas convenientes ni sobre silencios prolongados. Un caso de esta dimensión exige transparencia, certezas y resultados. No solo por la familia de la víctima o por quienes compartieron un proyecto político con él, sino por todos los sinaloenses, que tienen derecho a conocer la verdad. La historia enseña que, en tiempos electorales, las disputas políticas suelen intensificarse y las narrativas compiten por imponerse. Pero también enseña que ninguna estrategia resiste indefinidamente frente a los hechos. Porque las versiones pueden cambiar, los discursos pueden acomodarse y las circunstancias pueden modificarse; la verdad, tarde o temprano, termina encontrando su lugar.
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La resignación NO
Hay un enemigo silencioso que avanza junto con la violencia: la resignación. Poco a poco comenzamos a ver como normales los homicidios, los ataques, las amenazas, los desplazamientos y la impunidad. Cada nuevo hecho desplaza al anterior y la capacidad de asombro se reduce. Ese es uno de los mayores triunfos de la delincuencia: que la sociedad termine aceptando como cotidiano lo que nunca debió serlo. Sinaloa no puede acostumbrarse a vivir así. Exigir seguridad, justicia y resultados no es un acto de confrontación; es un derecho ciudadano. También hay que reconocer lo que sí ocurre. Los elementos de la Secretaría de Seguridad Pública Estatal realizan, prácticamente todos los días, aseguramientos de armas, vehículos blindados, laboratorios, drogas y detenciones relevantes. Es un esfuerzo que debe reconocerse. Sin embargo, la magnitud del problema demuestra que ninguna estrategia será suficiente si la sociedad también renuncia a denunciar, a exigir y a cerrar espacios a la delincuencia. La seguridad no depende únicamente de las instituciones; también requiere la participación de los ciudadanos. Mientras existan ciudadanos dispuestos a exigir y medios de comunicación decididos a informar, todavía habrá espacio para corregir el rumbo. La violencia no debe definir el futuro del estado. Mucho menos el silencio. Porque el día que dejemos de exigir será el día en que la impunidad habrá ganado la batalla más importante.