Columnas
Columna Institucional Sin Ambages Martes 26
“Entre discursos, transición y presión social… gobernar sigue siendo mucho más que administrar narrativas”
Por:
Redacción el
25 de mayo de 2026
Poder… en transición
La salida de Andy (Andrés López Beltrán) de la Secretaría de Organización de Morena no solamente mueve piezas internas dentro del partido más poderoso del país. También abre una pregunta que comienza a recorrer pasillos políticos, estructuras estatales y operadores territoriales: ¿se está terminando la etapa del control absoluto del lopezobradorismo dentro de Morena? Porque aunque oficialmente “Andy” deja el cargo para buscar una diputación federal en Tabasco, el movimiento también termina reflejando otra realidad política que cada vez resulta más visible: el poder ya no se concentra igual que antes. Y eso, dentro de Morena, todos lo entienden. Durante años, el apellido López Obrador funcionó prácticamente como una línea incuestionable de mando dentro del movimiento. Desde las candidaturas hasta las estructuras territoriales, pasando por operadores políticos y decisiones estratégicas, la influencia del círculo cercano al expresidente era evidente. Pero hoy el escenario comienza a cambiar lentamente. La presidenta Claudia Sheinbaum abrió una nueva etapa de reacomodos internos. Y aunque públicamente el discurso siga siendo de unidad, disciplina y continuidad, en los hechos Morena empieza a mostrar algo que antes casi no existía: grupos, corrientes y liderazgos que buscan construir poder propio más allá de la sombra de Andrés Manuel López Obrador. Por eso no pasa desapercibido que López Beltrán deje precisamente la Secretaría de Organización, considerada una de las posiciones más sensibles dentro del partido. Ahí se manejan estructuras, afiliación, operación territorial y contacto permanente con los estados. No era un cargo menor. Era una pieza clave del aparato político morenista. Y aunque en su carta presume números importantes —10 millones de afiliados nuevos, miles de comités y expansión territorial—, la lectura política inevitablemente va más allá del documento oficial. Porque cuando un operador central deja la estructura nacional para irse a competir por un distrito, también parece aceptar que el verdadero centro del poder ya no está exactamente donde estaba hace apenas un par de años. Quizá no sea el final del lopezobradorismo. Sería precipitado afirmarlo. Pero sí podría ser el inicio de algo distinto: una Morena donde el apellido López Obrador sigue pesando… aunque ya no necesariamente ordenando.
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Infraestructura que sí importa
También vale la pena detenerse en obras que pocas veces generan grandes reflectores políticos… pero que terminan salvando vidas todos los días. Y el nuevo Centro Estatal de Transfusión Sanguínea de Sinaloa entra precisamente en esa categoría. Porque más allá de la inauguración oficial, la fotografía o el discurso institucional, lo verdaderamente importante está en lo que este lugar representa: capacidad médica, respuesta hospitalaria y atención para miles de pacientes que muchas veces dependen literalmente de una transfusión para sobrevivir. La capacidad de producir 14 mil hemoderivados al año no es un dato menor. Significa fortalecer cirugías, emergencias, atención pediátrica, accidentes y tratamientos complejos en un estado donde históricamente muchas áreas del sistema de salud han operado con carencias importantes. Y quizá uno de los puntos más relevantes termina siendo otro: comenzar a construir una verdadera cultura de donación altruista. Porque mientras en otros países donar sangre forma parte de una responsabilidad social común, en México todavía seguimos muy por debajo de los niveles necesarios. Sinaloa no es la excepción. Por eso el reto no solamente será mantener funcionando el nuevo centro. También será lograr que la ciudadanía entienda que donar sangre no es un trámite médico… sino una forma directa de salvar vidas sin conocer siquiera a quién se ayuda. La decisión de proyectar además otros dos centros en el norte y sur del estado también manda una señal importante. Porque cuando la infraestructura médica empieza a descentralizarse, el acceso a la salud deja de depender únicamente de vivir cerca de Culiacán. Y sí, falta muchísimo por resolver en el sistema de salud. Nadie podría negarlo. Pero también sería injusto minimizar inversiones que terminan impactando directamente en algo mucho más importante que la política: la posibilidad de que una persona llegue viva a mañana.
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Tiempo de prevención
Con la llegada oficial de la temporada de huracanes en el Atlántico, comienza también una etapa donde la prevención deja de ser discurso y debería convertirse en prioridad real. Porque año tras año las autoridades emiten alertas, recomendaciones y pronósticos… pero muchas veces la cultura de prevención sigue llegando tarde, justo cuando el problema ya está encima. Y aunque los expertos anticipan una temporada cercana al promedio histórico, la realidad es que un solo huracán puede cambiarlo todo en cuestión de horas. Basta recordar cómo fenómenos recientes terminaron provocando pérdidas millonarias, comunidades incomunicadas y familias enteras afectadas. Por eso el verdadero reto no solamente está en monitorear ciclones desde los radares. También pasa por revisar drenajes, limpiar canales, fortalecer refugios temporales, coordinar cuerpos de emergencia y, sobre todo, generar conciencia ciudadana antes de que llegue la primera gran tormenta. Porque en México muchas veces seguimos reaccionando mejor a la tragedia que a la prevención. Y eso termina costando caro. Además, el cambio climático ha venido alterando cada vez más el comportamiento de estos fenómenos naturales. Lluvias más intensas, ciclones más impredecibles y temporadas que pueden cambiar radicalmente en pocos días. Ya no basta con confiar en que “no va a pegar fuerte”. La prevención tampoco debería verse como alarmismo político. Al contrario. Prepararse con tiempo muchas veces es precisamente lo que evita crisis mayores después. Y aunque Sinaloa observa principalmente lo que ocurre en el Pacífico, lo cierto es que cada temporada ciclónica recuerda algo elemental: la naturaleza no distingue colores, partidos ni discursos. Cuando golpea, golpea parejo. Por eso prevenir siempre será mucho más barato —y humano— que lamentar.
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Camiones… y pretextos
La decisión de retirar camiones urbanos que no cumplen condiciones mínimas para operar no debería generar polémica. Debería ser lo normal. Porque durante años miles de usuarios en Sinaloa han tenido que soportar unidades deterioradas, sin aire acondicionado, con asientos destruidos, escalones inseguros y, muchas veces, con un servicio que parece atrapado décadas atrás. Y aunque algunos permisionarios vuelven a poner sobre la mesa el discurso de las pérdidas, los costos y la crisis del transporte, también hay una realidad que termina siendo imposible ignorar: si el negocio fuera tan inviable como a veces lo presentan, hace tiempo habrían soltado las concesiones. Y eso claramente no ha pasado. Por eso el operativo de Vialidad y Transporte termina mandando un mensaje correcto. Porque dignificar el transporte público no solamente significa sacar unidades chatarra de circulación. También implica modernizar el trato al usuario, mejorar frecuencias, limpiar unidades, profesionalizar operadores y entender que el ciudadano no recibe un favor cuando paga un pasaje: está pagando un servicio. La discusión tampoco puede quedarse únicamente en si tienen o no aire acondicionado. El problema de fondo muchas veces termina siendo la experiencia completa del usuario. Camiones sucios, choferes malhumorados, tiempos eternos de espera y unidades que parecieran circular solamente porque no queda otra opción para miles de personas. Y sí, modernizar cuesta. Pero también durante años el transporte urbano fue un negocio altamente rentable para muchos grupos. Por eso la ciudadanía difícilmente compra ya el discurso del sacrificio permanente de los concesionarios mientras siguen conservando rutas, permisos y control del sistema. Quizá lo que hoy comienza en Sinaloa no sea solamente un operativo contra camiones viejos. Tal vez sea el inicio —por fin— de una discusión más seria sobre qué tipo de transporte merece realmente la gente.
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