El caballo de Troya
Edgar González no se presenta como un morenista convencido, sino como un político dispuesto a acomodarse donde mejor le alcance la candidatura. Él mismo recuerda con orgullo que en 2018 le ganó a Morena desde el PRD y, ahora que busca Mazatlán, deja entrever que su proyecto personal está por encima de cualquier sigla. También fue muy claro en algo que Morena debería escuchar: para él, las candidaturas municipales no se definen solamente con encuestas, sino con “arreglos”, “acuerdos” y negociaciones debajo mesa (Algo que decíamos en nuestra entrega de ayer). Vaya manera de defender la narrativa de la transformación y sobre todo contradecir a su coordinadora estatal y amiga, Imelda Castro. Y cuando se le cuestiona si, por su cercanía con Imelda Castro, podría pedirle que espere, responde que no necesariamente tendría que acatarlo. Es decir: cercanía mientras convenga; disciplina, cuando no estorbe. Incluso deja abierta la posibilidad de ir con “bandas rivales” o hasta juntos con ellas. Todo depende de dónde quede mejor parado. Por eso, dentro de Morena deberían preguntarse si Edgar González es un aspirante o el caballo de Troya: alguien que ocupa la camiseta guinda mientras le sirve, pero que mantiene abierta la puerta de salida y dispara políticamente contra quien se atraviese en su ruta. Alrededor de esa operación digital hay versiones y señalamientos que ameritan transparencia: páginas que golpean a otros aspirantes e incluso han cargado contra la propia Imelda Castro; detrás de ellas, opera “Paloma”, un personaje ligado previamente a Edgar y hoy incorporado a una nómina oficial. Ustedes sabrán de quién se trata. Si es falso, que lo aclaren; si es cierto, que expliquen por qué recursos y estructuras públicas terminan orbitando alrededor de una ambición personal. Ese es el problema de tener dentro a personajes que no construyen partido, sino plataformas para su carrera. Si mañana Morena no le abre la puerta, Edgar ya dejó claro que buscaría otra. Porque su lealtad no parece ser a un proyecto: es a Edgar González.
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La agenda… y la otra agenda
Este miércoles, la gobernadora Graciela Domínguez tendrá un día cargado en Navolato. A las 8:30 de la mañana encabezará la Mesa de Seguridad en el Centro Comunitario, una sede que ya ha recibido en otras ocasiones a autoridades estatales y federales para revisar la situación de la región. Ahí mismo, prácticamente a un lado, a las 10:00 horas arrancarán las Jornadas de la Paz: el formato de atención ciudadana y presencia institucional que busca llevar servicios, programas y acompañamiento directo a las comunidades. Seguridad y cercanía social en una misma mañana, con Navolato como escenario. Después vendrán actividades privadas. Pero la agenda verdaderamente interesante no aparece en el programa público. A las 5:00 de la tarde están citados diputados de Morena para reunirse con la gobernadora en palacio de Gobierno. No es una convocatoria menor ni ocurre en un momento cualquiera: Morena vive días de reacomodos, aspiraciones abiertas, grupos que se miden y una clase política que busca entender hacia dónde se moverá la brújula del poder estatal. ¿Será una reunión para cerrar filas? ¿Para revisar la agenda legislativa? ¿Para pedir unidad, disciplina o mesura en medio de tantas señales cruzadas? Puede ser todo eso… o algo más. Por ahora, la cita está hecha y las preguntas también. De lo que se hable detrás de esa puerta, se lo comentamos mañana jueves. Por cierto, los cambios llegaron, entre jueves y viernes habrá anuncios y esperamos contárselos aquí antes que nadie.
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¿Y todavía quieren rescatarlo?
Cuando en la Ciudad de México la dirigencia de Morena reunió a todos quienes aspiraban a la Coordinación de la 4T —la postulación que ganó Imelda Castro— Gerardo Vargas Landeros pidió que le quitaran de encima a la Fiscalía General del Estado y al Poder Judicial de Sinaloa. No solo no se la quitaron, sino que se le complicó el escenario. Ahora, a los procesos penales que ya enfrenta por presuntos actos de corrupción se suma otro, luego de que fuera vinculado por un juez este martes a proceso penal por un nuevo caso. Más allá de lo que determinen los tribunales —porque será la justicia, y no la política, la que establezca responsabilidades—, Morena tiene frente a sí un dilema que también es político y de congruencia. Si el partido decide postular nuevamente a Vargas Landeros, ya sea para la alcaldía de Ahome o para una diputación, estaría desperdiciando una oportunidad para marcar distancia de los perfiles cuestionados y demostrar que la renovación de la política no es solamente un discurso. Porque una cosa es respetar la presunción de inocencia y otra muy distinta ignorar las señales que envía a la sociedad la acumulación de procesos judiciales alrededor de un aspirante. Morena está en una encrucijada: puede apostar por perfiles nuevos y alejados de estos cuestionamientos, o puede reciclarlos y después pretender convencer a los ciudadanos de que nada ha cambiado.
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Dos años de guerra
Este miércoles 9 de septiembre Culiacán cumple dos años sumido en una guerra entre grupos criminales que, lejos de terminar, se ha convertido en una especie de condena cotidiana para sus habitantes. Dos años sin tregua. Dos años de sangre, tragedias y familias destrozadas por los homicidios, las desapariciones forzadas y el robo de vehículos. Dos años en los que la violencia no solamente se ha llevado vidas, también ha golpeado severamente la economía, ha trastocado negocios, escuelas, calles y espacios públicos, y ha herido profundamente la vida social de una ciudad que alguna vez se acostumbró a vivir con miedo, pero que hoy parece estar cansada de hacerlo. Es cierto que las Fuerzas Armadas han realizado una labor de contención y que su presencia ha evitado, probablemente, escenarios todavía peores. Pero después de dos años de despliegues, operativos y refuerzos, la pregunta resulta inevitable: ¿cuándo llegará la estrategia capaz de recuperar realmente la tranquilidad? Porque contener la violencia no es lo mismo que derrotarla. La sociedad está cansada. Está harta. Y este domingo 13 volverá a salir a las calles, en una nueva marcha de repudio a este interminable espiral de violencia. Será, una vez más, la voz de una ciudadanía que reclama algo que debería ser elemental: poder vivir sin miedo. Dos años después, Culiacán no necesita más discursos para convencerla de que todo está bajo control. Necesita resultados. Y mientras las balas siguen hablando, las familias siguen esperando una respuesta. ¿Habrá, finalmente, luz al final del túnel? Esa es la pregunta que, después de dos años de guerra, todos seguimos haciéndonos.