El expediente incómodo
La Auditoría Superior del Estado puso números a lo que en muchos ayuntamientos prefieren tratar como ruido de oficina: las cuentas públicas no se explican solas. Escuinapa encabeza la lista con 97 observaciones pendientes; Elota le sigue con 87 y Navolato con 81. Entre los tres suman 265 asuntos que todavía no han quedado solventados. No son sentencias ni culpabilidades automáticas, pero tampoco son simples erratas de escritorio: son alertas formales que obligan a explicar cómo se administró el dinero público. Y el problema de fondo no es menor. La propia ASE ubica los principales riesgos municipales en servicios generales, obra pública, tesorería y deudores diversos. Traducido: donde se contrata, donde se construye y donde se mueve el dinero es donde más preguntas siguen sin respuesta. En política todos presumen obras, eventos y fotografías; en una auditoría, en cambio, lo que vale es el expediente, la factura, el contrato y la comprobación. Escuinapa, Elota y Navolato hoy cargan con un mensaje claro: no basta con gobernar; hay que poder demostrar, peso por peso, cómo se gobernó.
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Abandono que cuesta
Hay una crisis que quizá no ocupa los grandes titulares, pero que también cuenta —y mucho— en el deterioro de Sinaloa: el abandono de su infraestructura. Carreteras llenas de baches, tramos enmontados, muros y obras de contención deteriorados por falta de mantenimiento y ahora una preocupante cadena de socavones que aparecen lo mismo en Los Mochis, que en Guasave, Culiacán o Mazatlán. En Guasave, incluso, uno de estos hundimientos terminó por colapsar un negocio. No son simples problemas de imagen. Son riesgos para quienes transitan, factores que pueden contribuir a accidentes y, sobre todo, señales de una infraestructura que está envejeciendo sin recibir la atención que necesita. Y aquí hay algo que los gobiernos deberían tener muy presente: la calidad de una ciudad también se mide por sus calles, sus carreteras, sus servicios y por la capacidad de mantener en condiciones dignas lo que ya está construido. Eso también lo observan los inversionistas. Porque si a la violencia que no cede se le suma el deterioro urbano y carretero, el mensaje para quien pretende invertir en Sinaloa no es precisamente alentador. Algo no se está haciendo bien. O, peor aún, simplemente no se está haciendo. Y aguas, porque una crisis no siempre llega de golpe: también puede construirse poco a poco, entre baches, socavones, infraestructura abandonada y decisiones que se siguen posponiendo.
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Discurso vs golpe de realidad
Hay imágenes que valen más que mil discursos, y la de este miércoles en Mazatlán es una de ellas: niños corriendo al interior de una escuela para ponerse a salvo mientras afuera se registraba una balacera. La escena le dio la vuelta al país y no es difícil entender por qué. No hay manera de hablar de normalidad cuando los niños tienen que aprender a correr para refugiarse de las balas antes que jugar en el recreo. Desde el gobierno se insiste, con cautela, en que la violencia está disminuyendo…en sus cifras porque en la calle los hechos cuentan otra historia. Ojalá fuera así. Pero también hay que entender que para una sociedad que lleva dos años viviendo bajo el miedo, los indicadores y los discursos oficiales tienen que encontrarse con la realidad cotidiana. Porque una cosa es decir que los números mejoran y otra muy distinta es conseguir que la gente vuelva a sentirse segura. Mientras una balacera ocurra afuera de una escuela y los niños tengan que correr para salvarse, todavía hay mucho camino por recorrer. Y esas imágenes, más que cualquier discurso, son las que terminan diciendo cómo se vive realmente en Sinaloa.