Columnas
Columna institucional Sin Ambages Jueves 2
“El poder comienza a perderse cuando deja de escuchar lo que la sociedad ya no está dispuesta a callar”
Por:
Redacción el
1 de julio de 2026
Dejavú en Morena
Desde la noche del martes, en el marco de la transmisión del partido México-Ecuador se viralizó como reguero de pólvora en grupos de conversación y redes sociales un video donde la diputada local con licencia, María Teresa Guerra Ochoa vive un bochornoso e incómodo momento en un restaurante cuando a gritos le echan en cara “¡Fuera Morena!”. No desde el anonimato ni desde lejos. En su cara y a la vista de todos. Este episodio, humillante, va mucho más allá de un momento incómodo o de un video viral. Exhibe algo que la clase política suele negarse a reconocer: cuando el desgaste llega, no hay discursos ni estrategias de imagen que alcancen para esconderlo. Los gritos de “¡Fuera Morena!” no iban dirigidos solamente a una persona; eran el eco de un malestar acumulado contra todos aquellas y aquellos que se mueven bajo la bandera de Morena, igual bajo siglas del Verde o PT levantan la mano rumbo a la sucesión en el Gobierno de Sinaloa. Y si ese termómetro social ya comienza a marcar temperatura en espacios cotidianos, la pregunta inevitable es otra: si hoy batallan para sostener la aprobación en una mesa de restaurante, ¿cómo pretenden resistir en 2027 el ácido corrosivo de las urnas? Los alcanzó la condena social. Así empezó el PRI, hasta que cayó porque no supieron leer el ánimo social.
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Culichis se dan respiro, pero…
Las más de 27 mil personas que salieron a las calles de Culiacán para festejar el pase de México a octavos de final dejaron una imagen que hace tiempo parecía difícil de imaginar: una ciudad ocupando nuevamente sus espacios públicos y dándose permiso, aunque fuera por unas horas, de olvidar el miedo. Porque después de casi dos años marcados por la violencia, queda claro que la gente está cansada de vivir encerrada y tiene hambre de recuperar algo de normalidad. Ese oxígeno se los dio la fiebre del Mundial. Pero tampoco hay que engañarse. Una noche de euforia no significa que las heridas desaparecieron ni que la realidad cambió de golpe. Y quizá ahí está la contradicción que también vale la pena mirar: queremos recuperar la ciudad, pero muchas veces seguimos sin aprender a cuidarla. Porque entre el festejo y la basura tirada en las calles queda una lección incómoda: una sociedad quebrada no sólo se refleja en la violencia que padece, también en la cultura cívica que abandona.
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Los guardianes sin espejo
Hay una vieja regla que nunca pierde vigencia: quien exige, primero debe cumplir. El problema es que en Sinaloa el Comité de Participación Ciudadana parece haber invertido el orden. Señala la opacidad de gobiernos, revisa declaraciones de funcionarios y demanda rendición de cuentas, pero cuando la lupa apunta hacia sus propios integrantes aparecen los silencios. El episodio de los recursos internacionales, las organizaciones que abandonaron la Red Ciudadana Anticorrupción y la ausencia de declaraciones patrimoniales públicas no son simples detalles administrativos; son hechos que golpean la credibilidad de un organismo cuya principal herramienta debería ser la autoridad moral. Porque la transparencia no funciona como un reflector que sólo ilumina a los demás. También debe encenderse hacia adentro. De lo contrario, el vigilante termina pareciéndose demasiado a aquello que dice combatir.
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Parto y gobierno
El nacimiento de la hija de la gobernadora Yeraldine Bonilla ocurre en medio de una agenda pública que no se detuvo hasta las últimas horas previas a este momento personal. Más allá de la noticia familiar, el hecho también abre una conversación que durante años fue relegada de la vida pública: la capacidad de combinar responsabilidades institucionales de enorme peso con la maternidad. Durante mucho tiempo la política fue diseñada bajo esquemas donde la vida personal parecía tener que quedar fuera de la ecuación, particularmente para las mujeres. Hoy la realidad es distinta. Dirigir un estado y ejercer la maternidad no deberían entenderse como responsabilidades que se excluyen entre sí, sino como una muestra de que el ejercicio del poder también puede convivir con la dimensión humana. Porque la verdadera discusión ya no debería ser si una mujer puede gobernar y ser madre al mismo tiempo; la pregunta tendría que ser otra: si las instituciones han evolucionado lo suficiente para entender que el liderazgo no se mide por sacrificar la vida personal, sino por la capacidad de responder a las responsabilidades públicas sin dejar de lado aquello que también define a una persona. Y esa quizá sea una de las transformaciones más profundas que la política aún tiene pendiente.
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